XENOFOBIA

Ago 7, 2018

Es que no lo puedes evitar, te molesta el otro, su cara, su idioma, su color de piel. Te desagrada su acento, su vestimenta, desprecias sus costumbres. Es más fuerte que tú. Cuando te detienes a ver su manera de relacionarse, de moverse, de comer, sientes como si una fuerza desconocida se apoderara de ti y prefieres tomar otro rumbo, mirar a otro lugar con una urgencia que se diría angustiante. No los quieres, sin embargo, muchas veces pareciera que andas tras ellos, en una suerte de persecución inconsciente. Piensas en ellos más de lo que te gustaría y te has sorprendido deseándoles un mal momento, una de esas experiencias que les enseñe que no pertenecen a tu mundo y que por lo muy menos les obligue a replegarse. No te gusta parecer descortés ni lucir ante otros como intolerante, pero alguna vez y sin querer, se te ha escapado uno de esos comentarios hostiles que, lejos de incluirte, te dejan fuera.

No los soportas pero necesitas su aceptación. No te involucras pero esperas su consideración. No te adaptas. No te mezclas. No quieres aprender de ellos. Eres un “no” ambulante incapaz de apreciar los “si” que se te presentan a diario.

Es comprensible. Estás muy herido y, en vez de conocerlos, de ganártelos, de mostrarles lo que traes para dar, los señalas y te quejas.

Es comprensible. Fue tanta la impotencia cuando tuviste que arrancar tus raíces, que ahora le gruñes a quienes nada te han hecho y rechazas a quienes necesitas aceptar.

Es comprensible. Te han maltratado tanto que aprendiste a prepararte para más infamias. Te entrenaste para anticiparte a la imposición, la trampa y la retaliación con la esperanza de que si esperas el golpe, éste duele menos. Estás tan malherido que no sabes moverte sin defenderte. Y estás tan viciado que no sabes vivir sin manipular con tu desgracia.

Es que no solo son ellos (que los hay, y muchos), también eres tú.

Lo que parece estar afuera, la mayoría del tiempo habita dentro, y si no lo hacemos consciente, nos convertimos en verdugos con corazón de mártires. Las proyecciones no niegan la realidad que opera fuera de nosotros, pero no la excluye de las profundidades de nuestro ser. Todo aquello que somos capaces de reconocer en los otros, es porque de algún modo ya lo hemos vivido y cuando señalamos únicamente hacia afuera sin advertir que también somos parte de lo que juzgamos, estamos afianzando nuestra incompletud.

Si no somos capaces de admitir nuestras cualidades y dolorosamente se las adjudicamos a otros más lindos, más erguidos, más capaces de sobrellevar el éxito. Si no reconocemos rasgos desagradables y, con alevosía, se los trasferimos a aquellos que podrían desenmascararnos, poco podremos hacer para sacarle brillo a nuestras destrezas o protegernos de eso que nos lastima y está dentro de nosotros.

¿Acaso los únicos que rechazan a los extranjeros son los anfitriones? Xenófobo no es solamente el que está y no quiere recibir. También es el que llega y, como no se adapta, proyecta su rechazo.

En su acepción literal “xenofobia” indica “miedo a lo foráneo”. Del griego “xénos” que significa extranjero y “phobos” que encarna al miedo, no resulta difícil hacer una traducción. Pero hablamos de miedo, no de rechazo, no de odio, no de hostilidad, que es en lo que finalmente se convierte esta desagradable experiencia que nos ilustra lo mucho que nos cuesta aceptar lo que es diferente. El miedo es un estado afectivo producto de la vivencia de amenaza y dispara nuestros sistemas de defensa. Nos sentimos vulnerables ante el extranjero porque nos es extraño, tememos que su cultura penetre la nuestra y la modifique. No aceptamos los cambios, queremos permanecer inalterables y percibimos lo ajeno como una invasión. Entonces odiamos.

Mucho necesitamos aprender. De nosotros y de los otros. Mucho necesitamos cambiar si es que queremos crecer y diseñar un nuevo y mejor destino del que dejamos atrás. La integración supone apertura y un esfuerzo por comprender al otro. Reclama humildad y requiere de respeto. Es la única manera de activar una sana curiosidad. Así que si en algún momento te has sentido excluido o señalado en ese nuevo lugar que ahora habitas, primero que nada revisa cuánto has hecho tú para acercarte… y persevera.

Recuerda que es a ti, al desconocido, a quien le corresponde hacerse de ese nuevo lugar, de esa nueva gente. Eres más que tu nacionalidad, más que tu condición, que tu edad, que tu oficio. Más que tu acento.

Y si sumas en vez de restar. Puedes ser mucho más.

Victoria Robert

 

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